Fecha de publicación: Vie, 05/07/2019 - 17:10
Sentido de ruralidad y deporte: orgullo y fortaleza del José Celestino Mutis
El colegio rural José Celestino Mutis se yergue sobre las laderas de Mochuelo bajo. Allí, en su granja de 2000 m2 y en su equipo de tenis de mesa, se forjan consagrados líderes ambientales y deportivos.
Desde el proyecto Jornada Única, el Mutis, como lo llaman familiarmente, ofrece a sus estudiantes diferentes disciplinas que complementan su formación y los motiva a valorar la vida en el campo, donde, a la par que aprenden, forjan sus sueños. Por esto, desde su horizonte institucional, maneja metodologías de aprendizaje basadas en proyectos que, anualmente, se construyen en torno a las posibilidades, necesidades e intereses de estudiantes, padres de familia y maestros.
El sentido de ruralidad nace con actos de amor por el campo
En este colegio, ubicado exactamente en el kilómetro 10, rumbo a la vereda de Quiba, en Ciudad Bolívar, es posible encontrar niños y jóvenes que saben esquilar ovejas, para lo cual el colegio cuenta con una esquiladora; que saben tratar la lana, y el colegio les tiene un telar; que saben cultivar, preservar el pasto y hasta producir forraje hidropónico, gracias una granja donde los cerca de 1500 estudiantes del Mutis fortalecen sus vínculos con el campo y se animan a preservarlo.
Según el rector del colegio, Carlos Arturo López Cuervo: “Para el Mutis es esencial fortalecer en los estudiantes el sentido de ruralidad, generar conciencia ambiental y descubrir con ellos que vale la pena quedarse en el campo, que es importante que exista campo, porque sin campo no hay posibilidad de tener una vida en la ciudad”.
Lisseth Fernanda Mora Durán, estudiante del curso 802, narra su experiencia: “Yo estuve en una clase sobre las plantas, sembramos maíz y alverja. También papa criolla, y todos los que la sembramos comimos papa criolla. A veces llevamos para la casa lo que cosechamos y, otras veces, los grados que participamos hacemos una reunión y nosotros mismos preparamos lo que sembramos y lo compartimos, por ejemplo, asamos mazorcas y comemos juntos. También aprendimos a hacer pan”.
Y es que, en los proyectos de biotecnología del colegio, los estudiantes, además, aprenden a procesar y a transformar los productos agropecuarios para darles valor agregado.
De esta manera, lo que producen tanto los estudiantes como la granja se puede comercializar para beneficio del mismo colegio, como bien lo explica el rector: “Todo lo que producimos se comercializa entre la comunidad educativa. Por ejemplo, ponemos un valor razonable a la cubeta de huevos y los padres, como forma de pago, envían alimento para los animales o hacen bebederos. Así, el colegio consigue sostener los proyectos y la granja. Acá todo cumple una función que aporta a la sostenibilidad”.
Así, los estudiantes aprenden a aprovechar lo que la naturaleza les ofrece y a buscar soluciones para resolver problemas propios de la ruralidad: “Como el colegio se surte de agua en bloque, porque aquí no llega aún el Acueducto de Bogotá, y esta agua se usa exclusivamente para el comedor, porque los niños reciben desayuno o almuerzo, o desayuno-almuerzo, o refrigerio y almuerzo, por la jornada única, y como el acueducto veredal no tiene capacidad para atender las necesidades del colegio, desarrollamos un proyecto que consistió en implementar un sistema de biofiltros que retira buena parte de los residuos sólidos que arrastra el agua lluvia y nos permite alimentar todo el tiempo, con agua limpia, el tanque que lleva agua a las baterías sanitarias”, especifica.
Así mismo, cada año surgen proyectos que estimulan la creatividad y la innovación en los estudiantes y que afianzan sus procesos de aprendizaje y formación integral.
Cultivar hábitos de buen uso del tiempo libre también da buenos frutos
Este colegio rural que enseña a sus estudiantes a amar el campo y a defenderlo con orgullo también implementa e impulsa proyectos para aprovechar el tiempo libre, como el equipo de tenis de mesa, un grupo de alrededor de 50 niños y jóvenes de diferentes grados que aman con pasión este deporte.
Todo empezó en el marco de la jornada única. Los padres, en cabeza de la presidenta del consejo de padres de familia Helda Durán, querían que los niños y jóvenes de ese sector rural aprovecharan mejor su tiempo libre y empezaron a proponer prácticas deportivas para alejarlos de malas compañías y otros riesgos psicosociales.
Helda Milena Durán Nieves es una lideresa que llegó a este sector de Bogotá, desde Santander, desplazada por la violencia. Ama el campo, el colegio José Celestino Mutis donde estudian sus hijas y el proyecto de tenis de mesa, al que le ofrece su apoyo incondicional.
“Cuando llegué a Mochuelo estaba recién estrenado el colegio, en el año 2010. Empezamos a presentar ideas al colegio para iniciar procesos de fortalecimiento del sentido de ruralidad y de arraigo y organizamos mesas para hacer las propuestas de aprovechamiento del espacio a los profesores y las directivas del colegio”, recuerda.
Según la visión de los padres, para fomentar el sentido de pertenencia por lo rural era necesario implementar procesos que despertaran sentimientos de amor por el territorio, por lo rural.
“Con este rector, hemos avanzado en el acondicionamiento del terreno y en la creación de las huertas, el invernadero y las granjas. Parte de los recursos que se han invertido en estas iniciativas son dineros que llegan de la Secretaría de Educación para apoyar proyectos de aula y transversales, pero también los padres aportamos nuestro granito de arena; al principio, como tarea de los niños, los padres enviábamos semillas o una librita de maíz o desechos orgánicos para abonar la tierra”, afirma esta madre de familia.
De hecho, muchos padres ayudaron a limpiar el terreno y a prepararlo para la siembra. Y así, con esfuerzo y resultados, han logrado motivar a más padres a colaborar y a apreciar los espacios con los que cuenta el colegio, que otros colegios no tienen y que enriquecen el aprendizaje de sus hijos.
Con esta misma idea, la de dar resultados, es que el equipo de tenis de mesa, que nació en el 2016, se mantiene vigente: “La iniciativa cogió fuerza gracias a la profe Esperanza Arenas, que trabajó en el colegio en la jornada 40x40 implementada por la SED, como parte del proyecto Jornada Única. A ella la envió el IDRD como maestra de tenis de mesa, pero cuando terminó su trabajo con el colegio, me propuso formar una escuela adicional asociada al colegio para seguir apoyando a los niños de Mochuelo que ya traían un proceso con la jornada 40x40”, narra Helda.
Al principio, este equipo, conformado inicialmente por 10 alumnos y una vieja mesa de tenis, practicaba en la escuelita donde antiguamente funcionaba el colegio, la cual pintaron, embellecieron y acondicionaron para motivar a los niños. Pero, cuando el equipo creció, tuvieron que recurrir al colegio actual. Hoy practican en el aula múltiple del Mutis, en varias mesas de tenis, algunas de ellas donadas por la profe Esperanza, quien amorosamente les brinda sus conocimientos y su tiempo libre.
“Con este respaldo, ya pudimos concentrarnos en darnos a conocer. En este proceso, hemos tenido la oportunidad de participar en interrurales, intercolegiados, interzonales. En el 2017, empezamos a tener espacios en los nacionales, de hecho, una de las niñas del Mutis quedó subcampeona distrital y fue a participar en el nacional de intercolegiados, en Cali. El año pasado también participaron dos niños en el torneo nacional Estrellas del Futuro, en Barranquilla”, cuenta con orgullo Helda Durán.
Y es precisamente el entusiasmo que ponen en cada uno de los escenarios locales, distritales y nacionales donde participan lo que les ha permitido ir escalando posiciones cada vez más significativas.
“A Barranquilla fueron Germán Rodríguez y Darío Valenzuela, de octavo y noveno grado. Germán alcanzó a llegar a los 16 finales y Darío, a los 32. No ganaron, pero de todos modos les fue muy bien porque era la primera vez que iban a competir con equipos nacionales muy buenos y con niños que han tenido una forma muy diferente de llegar a estos espacios”, narra Helda.
Germán Rodríguez Castro, del curso 802, habla de sus logros: “El deporte me ha ayudado a mejorar como persona, en valores y mentalidad. Antes me molestaba o me desmotivaba porque perdía, pero la profesora me ha enseñado a controlar la frustración cuando pierdo, a seguir intentando, mejorando. Entonces, he cambiado y estoy jugando muy bien”.
Con el mismo entusiasmo, Lisseth confiesa: “Yo tengo ya 7 medallas de oro, plata y bronce. He conocido mucha gente y muchos lugares, y eso es una experiencia chévere para uno.
También he conocido muchas técnicas de juego. Entreno después del estudio. Estudio de seis y media a doce y media y entreno de doce y media a tres, todos los días. Los sábados entreno de diez a una y el domingo voy a los torneos”.
Para Helda, ver que los niños del equipo de tenis de mesa del Mutis ya han alcanzado sueños que parecían lejanos y que, en este deporte, son los únicos de los colegios rurales de Ciudad Bolívar que han participado en los Supérate distritales y nacionales es razón suficiente para levantarse todos los días con ganas de seguir apoyándolos y acompañándolos.
“La Dirección de Cobertura de la SED, con el propósito de consolidar la política educativa rural, genera unos presupuestos que nos permiten dar a los niños uniformes, transporte, dotación, premiarlos y pagar las inscripciones a los torneos”, dice el rector. Por su parte, los niños siempre aportan las ganas de jugar, nunca desfallecen ni se desaniman, han aprendido a sacar provecho de todas las experiencias y a nutrir con cada derrota o logro su sueño de representar al colegio y al país en algún torneo internacional.
Por ahora, entrenan con la esperanza de participar en el Campeonato Nacional Infantil y Sub 21, en Pereira, que se realizará en septiembre, para lo cual ya lanzaron la deliciosa campaña de Las Mil Mantecadas, con la que esperan reunir recursos para llevar a sus representantes.
“Este año, el colegio nos ayudó con el dinero para las inscripciones de los 10 niños que participaron en el nacional realizado en Bogotá. La profe Esperanza y yo conseguimos los recursos para llevarlos a jugar. Salíamos a las cuatro de la mañana y llegábamos a las once de la noche, fue una semana dura. En estos casos, muchos papitos nos colaboran con una libra de arroz, papitas, lo que tengan para hacer los almuercitos y poder ir todo un día a competir. Con lo que envían, yo me levanto a las dos de la mañana, cocino, armo y empaco en porticas los almuerzos y las onces”, concluye esta madre muy satisfecha con lo que este equipo y la comunidad del colegio José Celestino Mutis logran día a día desde su quehacer incansable en las praderas de Mochuelo, en Ciudad Bolívar.
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