Fecha de publicación: Vie, 08/03/2019 - 12:30

Se graduó del colegio a los 69 años para preservar la cultura kichwa

Conozca la historia de Luis Enrique, un indígena que cree que la educación de calidad es la principal herramienta para realizar el proyecto de vida y la felicidad.

Alegría y agradecimiento fueron las dos sensaciones que Luis Enrique Tuntaquimba Quinche experimentó el día de su graduación. Alegría porque a los 69 años obtuvo su título de bachiller, gracias a las estrategias educativas flexibles de la Secretaría de Educación del Distrito, y agradecimiento a Adx-yaya (Dios en lengua kichwa), al colegio Marruecos y Molinos, a su cabildo indígena y a su esposa, quien lo acompañó a la ceremonia de graduación.

Recibió su diploma con la indumentaria típica de los kichwa: sombrero de paño, camisa y pantalón blanco, alpargatas y poncho azul. Y no fue el único, ese mismo día otros siete hombres y mujeres de su pueblo cumplieron el sueño de terminar el colegio. 

Luis Enrique y los demás adultos indígenas que culminaron su educación secundaria y media forman parte de los cerca de 760.000 estudiantes de las 20 localidades del Distrito que confirman que es posible pertenecer al sistema educativo oficial de Bogotá a cualquier edad y en cualquier condición económica o social.

“La educación lo es todo. Sin educación, los pueblos y el ser humano no avanzan. Hoy en día la tecnología es abrumante y no nos podemos quedar rezagados. El pueblo kichwa siempre les recuerda a sus niños de dónde vienen, pero también los incentiva a que terminen el bachillerato y hagan una carrera”, explica Luis.

Regresar a la escuela luego de más de 50 años de ausencia

Luis nació en Ecuador, pero vive en Bogotá desde que tenía poco más de un año de vida. “Soy colombiano”, enfatiza. A la ciudad llegó con su madre, su padre y sus seis hermanos. Creció siendo bilingüe porque su papá, quien se dedicaba a la elaboración de tejidos, sabía español, mientras que con su madre la comunicación siempre era en kichwa.

Según recuerda, sus primeros años en la escuela no fueron fáciles: “El racismo era muy fuerte, se burlaban de nuestra ropa y costumbres, pero nunca cambiamos. Nunca cambió mi esencia”.

Años después, cuando Luis pasaba por la adolescencia, descubrió e impulsó una de sus grandes pasiones: la música: “Para los kichwa, la música hace parte de la tradición. Tuve mucho éxito con mi grupo, llamado ‘Los Latinos’, y por eso me alejé del estudio. Cursé hasta 7.º”, recuerda. 

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Aunque este líder indígena formó una familia e inició su propio taller de tejidos, sus ganas de seguir estudiando no desaparecieron: “Debido a mi trabajo no tenía tiempo de estudiar; sin embargo, siempre vi la necesidad de retomar y soñaba con estudiar ingeniería textil”.

Este adulto mayor encontró la oportunidad de volver al aula de clase a través de la Ruta de Acceso y Permanencia Escolar del gobierno de Enrique Peñalosa, que desde 2016 desarrolla múltiples estrategias presenciales, semipresenciales y flexibles para la atención de personas jóvenes, adultos y población en extraedad que, por diversas circunstancias, abandonaron sus estudios y buscan continuar y completar su educación, con calidad, ya sea en los niveles primaria, secundaria o media.

“El cabildo nos dio la sorpresa de que podíamos finalizar los estudios de bachillerato en articulación con la Secretaría de Educación. Algunos indígenas empezaron su primaria y otros, como yo, nos graduamos”, resalta el líder indígena.

El protagonista de este relato no estuvo solo en su proceso. Tanto su esposa como sus cuatro hijos le dieron el espaldarazo que más necesitaba: “Ellos se pusieron muy felices. Mi esposa, que siempre ha sido mi motor de vida, tenía mucha ilusión de que yo culminara. Y si yo no comprendía alguna temática, mis hijos siempre estaban para explicarme”, continúa Luis Enrique, quien ya se convirtió en abuelo.

Aprender con calidad para la felicidad

Volver a estudiar fue “una experiencia espiritual”, cuenta Luis Enrique. Lo primero que pasó por su mente el día que inició clases fue su juventud. Estaba lleno de expectativas, pero el miedo nunca fue una opción. Él y más de 20 estudiantes indígenas tomaron las clases en el cabildo indígena kichwa, ubicado en el sector de La Granja, en la localidad de Engativá.

“Fue muy agradable volver a estudiar. Además de estar con mi pueblo, la calidad humana de los profesores fue impecable. Siempre estuvieron dispuestos a explicarnos lo que no entendíamos, así fuera en horas extraclase”, comenta.

Luis Enrique tuvo que reorganizar su tiempo y repartirlo entre su trabajo como músico y el estudio. “Fue pesado”, señala. Pero siempre tuvo un estímulo, otra de sus grandes pasiones: “Siempre me ha gustado aprender y enseñar. Enseño lengua kichwa en una electiva en la Universidad Externado de Colombia, un programa que lleva cinco años y ha sido muy exitoso. También, soy profesor de música en la Casa de Pensamiento Indígena Wawakunapa Wuasi, de Normandía, donde niñas y niños, indígenas y mestizos, se forman en sus primeros años de vida, aprendiendo de nuestra lengua, cosmovisión y costumbres”.

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La anterior es la principal razón que Luis Enrique tiene para continuar sus estudios. A sus 69 años, no descarta cursar una carrera técnica o tecnológica que le permita, no solo sentir satisfacción personal, sino también motivar a su pueblo y, en especial, a esas niñas y niños que, con su acompañamiento y el de otros miembros de la etnia, reconocen su lengua y costumbres, tan arraigadas a su pensamiento como aprender a tejer desde los cinco años de edad.

“Como líderes indígenas y profesores estamos trabajando para que las niñas y los niños indígenas sigan estudiando, y sus maestros y compañeros mestizos respeten sus costumbres y cosmovisiones. Las nuevas generaciones a veces ignoran que Colombia es un país multiétnico que debemos proteger”, enfatiza.

Para Luis Enrique, el tiempo y la edad no fueron barreras, fueron trampolines. Por eso, su mensaje final para niñas, niños y adultos indígenas y mestizos es claro: “La educación no nos la quita nadie. Nuestro sueño debe ser ir más allá de las metas, ir siempre un paso más adelante pese a los logros que hemos conseguido”, concluye.

Cabe recordar que desde 2010, el 21 de febrero se conmemora el Día Nacional de las Lenguas Nativas en Colombia, una oportunidad para exaltar la riqueza cultural de las comunidades indígenas que habitan en Bogotá. Según el Ministerio de Cultura, en nuestro país existen 68 lenguas nativas habladas por unas 850.000 personas.

De acuerdo con el Sistema Integrado de Matrícula (Simat) de la Secretaría de Educación del Distrito, el sistema educativo oficial de Bogotá tiene vinculados a 3193 estudiantes pertenecientes a pueblos indígenas, principalmente de los cabildos muisca, ambika pijao, kichwa, nasa y wounaan. De ellos, 337 son adultos y, en lo que va del 2019, 18 indígenas adultos del pueblo kichwa continúan vinculados a los modelos educativos flexibles.

Esta entidad le apuesta a la preservación de las lenguas nativas a través de una educación inclusiva y de calidad en las instituciones educativas oficiales, que reconoce la educación intercultural con niñas y niños indígenas. Al respecto, el subsecretario de Calidad y Pertinencia, Carlos Alberto Reverón Peña señala: “En la ‘Bogotá Mejor para Todos’ estamos convencidos que la educación de calidad es la principal herramienta para el proyecto de vida de las personas y su felicidad. Todas las personas, independientemente de su situación socioeconómica o su diversidad cultural, deben tener oportunidades para tener una educación de calidad”.

Como parte de esta estrategia, Bogotá cuenta, para el 2019, con 14 apoyos interculturales: 11 sabedores que forman parte de las etnias embera katío, embera chamí, wounaan, eperara, misak, inga y uitoto, así como de las comunidades rom y raizal, quienes brindan acompañamiento a 16 instituciones educativas oficiales, y tres sabedores que apoyan el proceso de atención a los grupos indígenas, en el marco de las estrategias educativas flexibles, pertenecientes a los pueblos wounaan y kichwa.

“De esta manera, la administración ‘Bogotá Mejor para Todos’ respalda la preservación de las lenguas nativas y su cultura ancestral. También, hay apoyo permanente para que las niñas y los niños indígenas adquieran el español como segunda lengua. Trabajamos por una educación inclusiva en la que la diversidad cultural nos enriquece a todos”, añade el subsecretario Reverón Peña.

Una educación de calidad es incluyente. En la ciudad educadora trabajamos por una Bogotá mejor para todos.
 


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