Fecha de publicación: Jue, 16/05/2019 - 12:14

“La paz se construye con la admiración y el respeto por el otro”, profe Belkis

Belkis Gimena Briceño Ruiz vino al mundo hace 49 años, en Simijaca, en una de esas partes de Cundinamarca que ya casi se llama Boyacá.

Su madre: licenciada en Básica Primaria. Su padre: educador físico. “La historia de mi vida quedó clarísima, fui marcada desde muy chiquita. Yo nací siendo maestra, no me imagino siendo otra cosa”, dice Belkis suavecito, para luego cambiar radicalmente el tono y lanzar un grito en uno de los patios del colegio Antonio Nariño IED, el de Preescolar: “¡Hijos! Nos faltan ocho minuticos”.

Cambia el tono y el volumen, pero la suavidad no se pierde. “Eso es a 15 minutos de Chiquinquirá”, sigue contando. Y luego asegura orgullosa: “Yo primero hice familia que carrera”.

Belkis Gimena Briceño Ruiz ha parido cuatro hijas: Ángela Viviana, Diana Lizeth, Natalia Andrea y María José. Pero sus hijos, sus otros hijos, son incontables. Por ahora, 18 almas que recién empiezan a vivir y que comparten con ella un salón de siete metros de ancho y siete de largo, todas las tardes, de lunes a viernes.

El salón es uno de paredes amarillas, moradas y azules. En una de ellas, hay un tablero verde, de los antiguos, muy grande. Encima de él, uno de acrílico, de los modernos. Arriba, las vocales. Abajo, los números del 1 al 31. Y, a un lado, una cartulina que dice: “Yo aprendo a respetar”. En este espacio tan sucinto, pero potente, podría resumirse la enseñanza de esta simijense que llegó a Bogotá, en 1993, pensando que la ciudad podría ofrecerles mejores opciones a sus hijas.

Profe Belki en el salón

Mide 1,55 centímetros de estatura, pesa 60 kilos, y nunca deja de aprender. Educadora especial de base, con especialización en Comunicación Aumentativa y Alternativa y maestría en Musicoterapia de la Universidad Nacional, esta mujer agradece cada paso, pero sigue caminando porque está convencida de que los retos con los niños son enormes y que, en este mundo extraño, todo está por hacerse.

Por lo mismo, en 2017, cuando inició Espacio Maestro, una plataforma virtual de formación docente de la Secretaría de Educación del Distrito, ella decidió vincularse: “La idea era tener las mejores herramientas para responder a todas las necesidades, las generales y las únicas y específicas. La iniciativa me llamó la atención desde el principio porque lo mostraron como un crecimiento entre pares, personas profesionales que saben de los pilares de la educación de la primera infancia, desde el arte, la literatura, el juego y la exploración del medio”.

No solo en Espacio Maestro, sino en otras estrategias de aprendizaje, Belkis ha ahondado en la posibilidad de ampliar sus formas de enseñanza. Guarda estrecha relación con el Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo Pedagógico (IDEP), ha participado en los PLE (Personal Learning Environment) y se ha capacitado en territorios de construcción de paz, educación desde perspectiva de género y enfoque de derechos y filosofía para niños, entre otros.

Profe Belki con una estudiante en el salón enseñándole un televisor

Belkis Gimena Briceño Ruiz aterriza en su salón todo lo que aprende por motivación propia: “Tiempo no tengo, pero lo saco de alguna manera”, afirma mientras menea su cuerpo al ritmo de una canción sobre una iguana. Su cabellera negra y larga, adornada con canas que se ven como rayitos, en un momento dado le cubre el rostro, mientras dice: “¿Dónde están los niños?”. Luego, ella lo despeja, su mirada los recupera y les saca a todos una sonrisa.
Enseguida, suena la canción de un gallo y las manos de la profesora se convierten en un pico que abre y cierra a petición de los estudiantes. Sus manos están juntas y luego separadas. El pico se abre y se cierra. Esas mismas manos jalan la pitica en la canción que lleva ese mismo nombre. Y los niños le piden que los ayude porque se les enredó la pitica invisible. Entonces, ella va y los ayuda con un histrionismo mágico que desborda su cuerpo e inunda el salón de 7 por 7 metros.

De Espacio Maestro, Belkis agradece, además de los aprendizajes, haber ido a Madrid (España) para visitar un colegio donde había 40 nacionalidades. “¿Tú puedes creer eso? ¡Era maravilloso! No era una torre de Babel, era un encuentro armonioso, respetuoso, un encuentro digno con ese otro que ha sufrido la guerra, el desplazamiento, con ese otro que ya no tiene papá ni mamá, que, si no es porque España abre sus fronteras, no tendrían un lugar”, explica.

También agradece la posibilidad de publicar sobre su quehacer diario: “La estructura de Espacio Maestro me permite no solo escribir lo que yo reflexiono, sino recibir la retroalimentación tanto de mis pares como de mis tutores. El diálogo se hace muy bonito”.

Sentada en una banca del patio del colegio Antonio Nariño, Belkis continúa hablando de sus aprendizajes. Mientras lo hace, pasa un niño y la saluda con emoción. La charla se interrumpe para hablar un poco de él: “Es venezolano y llegó con un nivel de desnutrición impresionante, no podía comer, vomitaba, y míralo ahora, tan despierto, tan sano”, dice mientras una sonrisa espléndida le adorna la cara, la sonrisa de quien tuvo algo que ver con ese cambio, de quien intervino y logró hacer las cosas más llevaderas para un ser humano. No puede ocultarlo, su vocación de servicio la delata.

La profe Belki junto a sus estudiantes en el parque

“Eso es lo rico de la escuela, lo rico de entender que somos ciudadanos del mundo, que esta vez somos colombianos y venezolanos, pero pensemos en otras latitudes del mundo. La paz se construye con la admiración del otro, con el respeto por el otro, con la dignidad al tratar al otro, cualquiera que sea su oficio o profesión. Si uno parte de ahí sabe que a uno le hace falta mucho por aprender, porque uno no ha vivido la experiencia del otro, no ha vivido el desplazamiento, y espero que no tenga que vivirlo para ser sensible a eso”, puntualiza.

Belkis Gimena Briceño Ruiz, quien ya ronda el quinto piso, no duda ni por un momento que su trabajo, como el de todos los maestros, es poder estar allí para contribuir al florecimiento de las diferentes capacidades que todos tenemos: “La tarea es grande, pero no podemos perder la esperanza. Donde hay un ser humano, hay posibilidades grandísimas de hacer muchas cosas por él, pero la gran lección es que cuando uno quiere enseñarle algo a alguien o mostrarle a alguien algo, resulta que el que aprende es uno, el que debe escuchar es uno.  Y eso sucede en los espacios formales como la escuela, pero también en espacios informales como la calle. Ahí sigue uno aprendiendo. Todo el tiempo. Ojalá Dios nos dé vida para poder terminar los retos que nos tocan”, concluye.


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