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Nov
23

Una escuela que salva vidas

Una escuela que salva vidas

En la jornada nocturna de este colegio público de Ciudad Bolívar, se aprende mucho más que ciencia y matemáticas. Víctimas del conflicto armado, mujeres abusadas y hombres que cayeron en el abismo del consumo de drogas encuentran aquí un espacio para reinventarse, una segunda oportunidad. Bogotá educa para la paz.

Cae la noche en el barrio Meissen, en la localidad de Ciudad Bolívar, y mientras la mayoría de las personas se apresuran para llegar a sus casas y huir del frío y la inseguridad, un grupo de personas se prepara para entrar al colegio. Jóvenes, padres de familia, trabajadores y adultos mayores se agolpan frente a la puerta del colegio Guillermo Cano Isaza para esperar a que suene el timbre que indica la entrada a clases.

Las historias de dolor deambulan por los pasillos, habitan en las aulas de clases. Víctimas del conflicto armado, mujeres abusadas, trabajadoras sexuales, hombres que cayeron en el abismo del consumo de droga, en otros, confluyen por los pasillos de esta institución que lleva más de 35 años ofreciendo espacios de resocialización y reconciliación a través de la educación.

Sin embargo, por encima del dolor, los traumas y las difíciles historias de vida, entre los 370 estudiantes de la jornada nocturna del colegio Guillermo Cano Isaza prevalece un fuerte sentimiento de esperanza de que las cosas pueden cambiar, que se puede dejar atrás el pasado para construir un futuro mejor.

Es esa la esencia de la educación incluyente de la educación pública de Bogotá, que se esfuerza por ofrecer mucho más que una malla curricular a esta población vulnerable. Enseñar ciencias, matemáticas y entregar un diploma de bachiller es parte de la labor de los docentes de esta institución nocturna, pero hay más. Una misión en la que prima el corazón: hacerle comprender a los estudiantes que todos los seres humanos tenemos una segunda oportunidad en la vida y que la educación es el medio propicio para lograrlo.

“Aquí se hace un trabajo muy especial y muy enfocado en la parte emocional de los estudiantes. Tratamos de hacer un proceso de resocialización y de inclusión de estas personas que, por diferentes circunstancias, han sido excluidos del sistema. Además de aprender a leer y a escribir, nuestros estudiantes aprenden a sentirse otra vez como individuos de la sociedad, a valorarse como seres humanos que tienen las capacidades para establecer un proyecto de vida”, comenta Blanca Rodríguez, coordinadora de la jornada nocturna y una orgullosa habitante de Ciudad Bolívar que trabaja arduamente para mejorar las condiciones de los habitantes de su localidad.

Todos y cada uno de los docentes que trabajan de noche saben de las necesidades especiales de sus estudiantes, por eso evitan juzgarlos por su ropa o por su aspecto y, más que exigirles que hagan las tareas y cumplan los deberes, tratan de escucharlos, de darles la importancia que en otros espacios les ha sido negada, para hacerlos sentir queridos y valorados. Que se ‘amañen’ para que sigan asistiendo y culminen en el proceso.

Es por eso que personas que toda la vida han sufrido de exclusión y abandono, a quienes la falta de educación condenó a tener que ‘rebuscarse’ la vida o dedicarse a actividades ilegales, encuentran en la escuela un espacio para reivindicarse con la vida y con la comunidad, para sentirse valorados y para adquirir las herramientas que se necesitan para ser un ser humano feliz.

“El consumo de drogas es uno de los factores que más inciden en el abandono escolar, por eso el acceso a la educación incrementa las posibilidades de recuperación de estos individuos, pero es importante tener en cuenta que este es proceso de readaptación al colegio y a los hábitos escolares toma tiempo y debe darse bajo unas condiciones especiales”, comenta por su parte el doctor Augusto Pérez, director de la Corporación Nuevos Rumbos, PhD en tratamiento de adicciones con más de 35 años de experiencia y miembro de la Comisión Asesora en Política de Drogas del Gobierno.

Aunque el acompañamiento psicológico y clínico en los procesos de resocialización es una constante en el proceso – el hospital Vella Vista hace brigadas constantes de prevención al consumo-, el acompañamiento emocional, el contacto humano, es clave en estos procesos.

La educación, la luz al final del túnel

Pese al frío de la noche, al cansancio de haber trabajado el día entero, los estudiantes de la jornada nocturna llegan con la mejor disposición para aprender. La violencia, la delincuencia y el consumo son problemáticas con las que conviven diariamente pero que quedan atrás cuando cruzan la puerta del Guillermo Cano Isaza. Por eso, contrario a lo que se cree, y en palabras de sus maestros, son estudiantes sumamente receptivos y con gran sentido del compromiso.

Ese es el caso de Jesús David Pinzón, uno de los estudiantes más destacados del colegio que, como muchos otros, trabaja todos los días para superar un pasado difícil de delincuencia y consumo de estupefacientes.

Jesús apenas tiene 18 años, pero aparenta muchos más. A pesar de ser un joven que acabó de cumplir la mayoría de edad, Jesús ya ha recorrido un largo camino. Se define como un sobreviviente, como una persona que día a día lucha contra la adicción al bazuco y que encontró en el trabajo y el estudio una forma para escapar del círculo nocivo de violencia, prisión y muerte en el que han caído muchos de sus amigos.

Jesús tuvo una infancia difícil que lo llevó por la senda del consumo de droga y la delincuencia. Antes de que cumpliera 15 años, sin darse cuenta, deambulaba por las calles de la ciudad mendigando, robando y rebuscándosela para conseguir bazuco, la droga que durante muchos años lo hizo su esclavo.

“La vagancia, las malas amistades me fueron llevado por el mal camino. Poco a poco me fui volviendo un adicto y cuando me di cuenta ya llevaba tres años en ‘El Cartucho’, viviendo entre la basura y robando para conseguir el vicio”, comenta Jesús, quien despertó de sopetón del delirio en el que se habían convertido sus días cuando su novia le comunicó que iba a ser padre.

“Fue un momento muy duro para mí. Cuando mi hija nació yo estaba pagando una condena de año y medio en la cárcel de Yopal (Casanare). Mi mujer me llevó la niña hasta allá para que yo la pudiera conocer. Ese momento en el que alcé a mi hija por primera vez, me hizo reflexionar sobre mi vida, sobre todo el tiempo que había perdido. Allá, encerrado en una celda, cambié mi forma de pensar”, dice Jesús, quien tuvo la entereza y la voluntad para rehacer su vida.

La llegada al mundo de la pequeña Angie, le dio a Jesús una razón para vivir, el impulso que necesitaba para superarse y reconstruir su vida. “Buscando oportunidades me vinculé al Idipron y allá los compañeros de patio me comentaron que en el colegio les daban todas las facilidades para terminar el bachillerato, y como mi mamá siempre me había dicho ‘si uno quiere ser alguien en la vida, tiene que estudiar’, entonces no lo pensé y me inscribí al colegio”, dice Jesús.

Retomar los hábitos escolares no fue nada fácil para este joven. En su infancia, solo hizo hasta primero de primaria, por lo que tuvo que empezar desde cero en el Guillermo Cano. Ya lleva tres años en el proceso y, aunque está muy motivado, reconoce que ha sido difícil volver a la escuela y llevar una rigurosa rutina de estudio y trabajo.

Ha aprendido a leer, a escribir, a sumar y a restar, pero más que eso, Jesús entendió que todos tenemos el derecho y la capacidad para cambiar, para dejar el pasado atrás y rehacer nuestras vidas.

Hoy trata de llevar una vida apacible y productiva. De día trabaja limpiando cunetas en la empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá y, cuando cae la noche, toma el cuaderno y se va para la escuela. El poco tiempo libre que le queda se lo dedica a su mujer y a su niña, la luz de sus ojos, su razón para vivir.

“Mi Angie me motiva mucho. Me reflejo mucho en ella porque no quiero que le toque vivir lo que me tocó a mí. Por eso estoy estudiando, para sacarla adelante, pero esto es difícil, es una lucha de todos los días. Siempre está presente el demonio, las ganas de consumir droga, pero mi niña es la que me da la fuerza para continuar”, reconoce Jesús, quien aspira a terminar su bachillerato para poder ingresar al Sena para convertirse en técnico industrial mecanizado.

Tocar el corazón antes de tocar la mente

La historia de Jesús es el ejemplo de cómo esta escuela se convirtió en una luz de esperanza, en una segunda oportunidad para personas que como él se desviaron en el camino. Sin embargo, no todas las historias tienen un final tan afortunado. Muchos de los que empiezan a principio de año, dejan el proceso inconcluso.

“Retomar los hábitos de estudio, asumir todas esas responsabilidades es difícil para personas que están inmersas en dinámicas de consumo de drogas y otras actividades. Por eso tenemos altos índices de deserción. De 620 alumnos que empezaron a principio de año, quedan 370, casi la mitad. Por eso tratamos de facilitarle los procesos a los muchachos, de ser comprensivos y flexibles sin llegar a ser alcahuetas, claro está”, dice la coordinadora Blanca, quien reconoce que pese a las dificultades es un proceso que funciona y salva vidas. “Cada joven que tenemos aquí sentado en un salón estudiando, es un muchacho menos que está afuera robando y consumiendo. Con una vida de que salvemos, hace que todo este esfuerzo valga la pena”.

La tarea de recuperar jóvenes y adultos excluidos a través de la educación, salvar vidas y brindar segundas oportunidades no es nada fácil. Como recalca el doctor Augusto Pérez, de la Corporación Nuevos Rumbos, es clave “formar a los maestros para esta labor, que se concienticen de que los jóvenes consumidores de drogas con frecuencia son díscolos y desafiantes y que de acuerdo a eso deben cultivar habilidades especiales como la comprensión, la candidez humana, la ternura”.

Aquí, el trato hacia los estudiantes y los procesos de aula son diferentes a los de las jornadas normales. El trabajo de resocialización es el punto de partida del proceso educativo. Sanar el alma primero, para poder aprender después.

“Mientras un estudiante no se sane emocionalmente, no va a aprender nada. Primero la salud emocional. Una niña que tenga una situación de abuso sexual, por ejemplo, no va a aprender nada. Primero tiene que cerrar su proceso, hacer una relectura de su cuerpo desde la esperanza”, dice Marcelo Torres, docente encargado de trabajar la emocionalidad de estos jóvenes y adultos que llegan a la institución con marcadas huellas de dolor y abandono.

Escuchar, entender y sobre todo nunca juzgar, son acciones cotidianas para los docentes de esta institución que enfocan su trabajo en salvar vidas, más que en enseñar historia o química. “El colegio se vuelve un escenario donde los chicos se sienten bien. Sienten que construyen relaciones positivas, con los docentes, con los compañeros, se sienten importantes y queridos en este espacio. Dónde más los escuchan, dónde más los reciben con cariño, dónde más los llaman por su nombre y no por su apodo”, reitera el profe Marcelo.

“A ellos no hay que ‘darles lora’, ni ‘terapearlos’, como dicen ellos. Ellos han recorrido hogares de paso, correccionales, ellos ya se saben la cantaleta, de nada sirve repetir lo mismo”, dice Yulieth Munca, orientadora de la institución. “Después de superar los traumas del pasado, los muchachos se enfocan en construir un proyecto de vida, de ampliar su panorama y visualizarse en un futuro”, continúa.

Este enfoque especial de educación que impulsa la Secretaría de Educación, que se articula alrededor de la comprensión y la atención humanizada, ha sido determinante para que miles de jóvenes y adultos desescolarizados vuelvan a las aulas.

“Lo que buscamos es brindar a los colegios y a los maestros las herramientas para que puedan brindar una atención adecuada y pertinente a esta población. La jornada nocturna, que actualmente está implementada en 54 colegios del Distrito, tiene un componente muy humano. Con esto lo que buscamos es que estas personas mejoren su entorno, su familia, a ellos mismos”, dice Esperanza López, funcionaria de la Dirección de Inclusión e Integración de Poblaciones de la Secretaría de Educación del Distrito.

Son las 10 de la noche y el frío arrecia. Los estudiantes guardan sus útiles y se despiden de sus maestros. Salen a la calle con el cansancio a cuestas, pero satisfechos de haber aprendido algo nuevo, de haber avanzado un paso más hacia sus objetivos. Al otro día deben trabajar, ‘rebuscarse’ lo de la comida y lo del arriendo, pero la esperanza de ser cada día mejores los alimenta para seguir estudiando, para seguir luchando. La escuela, dicen, es el faro de esperanza que los guía en la oscuridad de la noche.

Por Nicolás Rodríguez

Fotos Julio Barrera